

Destruir la bandera chilena en un espacio público puede parecer descabellado y peligroso, pero nadie dijo nada de desentramarla.
Trama lana sucede como un breve respiro en un ajetreado país escondido en el centro de la Plaza de Armas, un colorido ritual de máscaras, música y danza que invita a sus habitantes a peregrinar una vez más a través de la historia, no como la hemos leído, ni menos aquella que nos han contado. La historia que viaja a través de la memoria de sus cuerpos danzantes y sonidos antepasados que estimulan nuestros sentidos y confrontan ese primitivo instinto tácito de reconocer cuerpo y territorio como una vibración simultánea en el espacio.
La presencia policial, aunque intermitente, nos advirtió que se acercaba el momento de comenzar y quienes eran parte de la performance tomaron lugar en sus posiciones.
Así fue cómo en el monumento a Pedro de Valdivia se erigió una bandera tejida con azul, blanco y rojo mientras un ceremonial silencio se interrumpía con el murmullo tímido de los curiosos alrededor.
“Antes del caballo” y “luego del caballo y del soldado” fueron las frases que dieron pie a la música y simultáneamente a dos seres bípedos cubiertos de lana que rodaron desde el monumento al suelo, mientras dos figuras enmascaradas tiraban cada una un extremo de la bandera. Y como se desata el cordón de una zapatilla, el símbolo patrio dejaba ir sus tejidos hacia el frente, reduciendo su forma, pero avanzando en extensión, y en tanto se destejía, los seres abrazados de cálidos y vibrantes colores caminaron hacia al frente dando pasos cortos, erráticos, saltos y vueltas que fusionaban las capas de lanas que cargaban sobre sus espaldas.
Su caótico baile a través del tiempo avanzaba en una suerte de peregrinación hacia lo que parecía un arreglo de mantos al final del camino, y entre explosivos colores que se extendían cuando los estambres eran lanzados de un lugar a otro hubo una interrupción y ambas formas se arrojaron de rodillas al suelo mientras la música se intensificaba y el canto era llevado por dos nuevas integrantes quienes se sentaron junto a “ Las Lanas” a cantar un mantra, meditar y ritualizar un espacio donde las personas ya estaban involucradas tanto en el ritmo como en el relato que acontece.
Luego de ese momento de reflexión y canto, las figuras de lana volvieron a danzar agitadas indicando al publico que se encontraban cerca de un esperado clímax. Así es como llegaron a una baliza de tejidos y bolas de lana en donde otras figuras cubiertas con mantas se levantaron y caminaron dentro del círculo compartiendo espacio tanto con las figuras de lana como con los asistente y espectadores, que alentados a expresarse gritaron y cantaron al compás de estas hiladas formas danzantes.
Es en ese momento en el cual diversos estambres son arrojados primero entre los integrantes y luego entre los curiosos asistentes que con regocijo comenzaron a participar de la furiosa colectividad y de la colorida marea que les hacía por un momento hilar sus vidas, reconocer sus rostros y relatos similares. Esta experiencia compartida dio pie para que los nuevos tejedores reflejaran en las lanas de colores que se lanzaban entre sí las propias narrativas convergiendo en una fiesta de canto y baile. Un manto territorial que demostró que existe comunidad, que existen pueblos y habitantes y que la belleza de entretejer la historia nos la entrega la fortaleza de la unidad que nos permite urdir una gran trama, que es nuestra trama.
Destruir la bandera chilena en un espacio público puede parecer descabellado y peligroso, pero nadie dijo nada de desentramarla.
Trama lana sucede como un breve respiro en un ajetreado país escondido en el centro de la Plaza de Armas, un colorido ritual de máscaras, música y danza que invita a sus habitantes a peregrinar una vez más a través de la historia, no como la hemos leído, ni menos aquella que nos han contado. La historia que viaja a través de la memoria de sus cuerpos danzantes y sonidos antepasados que estimulan nuestros sentidos y confrontan ese primitivo instinto tácito de reconocer cuerpo y territorio como una vibración simultánea en el espacio.
La presencia policial, aunque intermitente, nos advirtió que se acercaba el momento de comenzar y quienes eran parte de la performance tomaron lugar en sus posiciones.
Así fue cómo en el monumento a Pedro de Valdivia se erigió una bandera tejida con azul, blanco y rojo mientras un ceremonial silencio se interrumpía con el murmullo tímido de los curiosos alrededor.
“Antes del caballo” y “luego del caballo y del soldado” fueron las frases que dieron pie a la música y simultáneamente a dos seres bípedos cubiertos de lana que rodaron desde el monumento al suelo, mientras dos figuras enmascaradas tiraban cada una un extremo de la bandera. Y como se desata el cordón de una zapatilla, el símbolo patrio dejaba ir sus tejidos hacia el frente, reduciendo su forma, pero avanzando en extensión, y en tanto se destejía, los seres abrazados de cálidos y vibrantes colores caminaron hacia al frente dando pasos cortos, erráticos, saltos y vueltas que fusionaban las capas de lanas que cargaban sobre sus espaldas.
Su caótico baile a través del tiempo avanzaba en una suerte de peregrinación hacia lo que parecía un arreglo de mantos al final del camino, y entre explosivos colores que se extendían cuando los estambres eran lanzados de un lugar a otro hubo una interrupción y ambas formas se arrojaron de rodillas al suelo mientras la música se intensificaba y el canto era llevado por dos nuevas integrantes quienes se sentaron junto a “ Las Lanas” a cantar un mantra, meditar y ritualizar un espacio donde las personas ya estaban involucradas tanto en el ritmo como en el relato que acontece.
Luego de ese momento de reflexión y canto, las figuras de lana volvieron a danzar agitadas indicando al publico que se encontraban cerca de un esperado clímax. Así es como llegaron a una baliza de tejidos y bolas de lana en donde otras figuras cubiertas con mantas se levantaron y caminaron dentro del círculo compartiendo espacio tanto con las figuras de lana como con los asistente y espectadores, que alentados a expresarse gritaron y cantaron al compás de estas hiladas formas danzantes.
Es en ese momento en el cual diversos estambres son arrojados primero entre los integrantes y luego entre los curiosos asistentes que con regocijo comenzaron a participar de la furiosa colectividad y de la colorida marea que les hacía por un momento hilar sus vidas, reconocer sus rostros y relatos similares. Esta experiencia compartida dio pie para que los nuevos tejedores reflejaran en las lanas de colores que se lanzaban entre sí las propias narrativas convergiendo en una fiesta de canto y baile. Un manto territorial que demostró que existe comunidad, que existen pueblos y habitantes y que la belleza de entretejer la historia nos la entrega la fortaleza de la unidad que nos permite urdir una gran trama, que es nuestra trama.


